En uno de los post anteriores comentaba sobre el docente como agente esencial del hecho educativo. Un docente comprometido que asume retos, que sin importar la disciplina que enseña, enseña valores y ciudadanía desde su ejemplo.

En esta misma línea quiero agregar la necesidad de un educador que enseñe a vivir a través de la enseñanza, que ayude a los estudiantes a crecer a través de la educación y que no responda solo por lo que hace bien o mal, sino que se haga responsable de lo que debería hacer y no hace. Es obligación del educador formar al estudiante, con principios morales y referentes éticos, formarlo en contra de la ignorancia y de quiénes creen tener verdades absolutas en sus manos para imponerlas al precio que sea.

Educar para la vida, educar al sujeto para que aspire a más, día a día sembrar semillas para que el sujeto sea más de lo que es. Como dice Barrena Sánchez (2000) “Se trata, pues de promover las capacidades del discípulo, nunca de sustituir su persona” (p. 210). Es decir, promover en el estudiante inquietudes para que conozca más de lo que conoce, para que piense más de lo que está pensando.  Prepararlo para que cada vez sea más independiente y tome sus propias decisiones.

Es éste uno de los desafíos más grandes que tenemos los docentes, a través de la educación liberar al hombre de lo que le impide ser él mismo. Ello supone que el profesor comience por creer realmente en el estudiante y que se lo exprese afectiva y efectivamente.  Un profesor cercano, sin ínfulas de la superioridad que a veces se incrusta en los llamados académicos, despierta confianza en el estudiante y la confianza favorece la capacidad para cualquier aprendizaje.

Si el profesor logra una actitud de cercanía y respeto hacia el estudiante, acortando las distancias, habrá mayor receptividad de este, así como también aceptación interior de sus comentarios, de sus sugerencias, de sus mensajes explícitos y subliminales.  Lógicamente la comunicación será más asertiva, se abrirán nuevos diálogos enriquecedores para los dos. De esta forma cualquier actividad pedagógica propuesta por el docente, será asumida, por el estudiante, desde la disposición y sin duda potenciara el aprendizaje.  No hay nada mejor que aprender con placer, desde la armonía, desde la mancomunidad de voluntades y desde el entendimiento entre el docente y los estudiantes.

Cuando se es estudiante y se vive en carne propia la tensión de una clase, se siente a flor de piel la frialdad del ambiente que se genera, la frustración de no saber por dónde se camina, la mirada acusadora del docente, no queda otra alternativa que asumirla con valentía. Aquí los títulos del docente y su formación para educar pierden sentido, ¿por qué?, porque estamos dejando de mirar al estudiante como persona y como dice Freire (1973) sí al estudiante “lo miramos como persona, nuestro quehacer educativo será cada vez más liberador” (p. 50), tenemos en frente a una persona, a un ser humano con potencialidades y a quien nos debemos.

Vaya responsabilidad para quienes asumimos la labor de educar, y como si fuera poco, estar expuestos ante los ojos de la sociedad. Nuestras acciones educativas son evaluadas en primera instancia en la familia y van a impactar en los corazones de nuestros estudiantes, para bien o para mal. El reto está en “darle significado a la experiencia pedagógica” y apostar por rescatar la enseñanza sin miedos, desde la asunción de riesgos y la preparación constante para enfrentar con argumentos sólidos los acontecimientos pedagógicos. Es seguir repensando la educación y replanteándonos el acto pedagógico, es atrevernos a darle vida a las palabras y hacer de la experiencia de enseñar y aprender un debate pedagógico de altura.

Considero que para emprender este reto, se hace necesario romper con ese momento cartesiano en el que nos han educado, donde el conocer, conocer y seguir conociendo era el eje de la formación, predominio de lo cognitivo. Pero no atrevernos a cuestionar, mucho menos darnos ese placer de conocernos a nosotros mismos. Lamentablemente parece que en el trayecto de nuestra historia hemos perdido el momento socrático, nos hemos olvidado de vernos a nosotros mismos, de transformarnos, de ser mejores como gente y como humanos que somos.

Quedan más ideas en el tintero, así que intentaré ordenarlas y compartirlas en el próximo post… seguimos compartiendo.

Bibliografía citada:

Barrena Sánchez, J. (2000). Teresa de Jesús, una mujer educadora. Ávila, España: Institución Gran Duque de Alba de la Excma. Diputación Provincial.

Freire, P. (1973). La educación como práctica de la libertad. Uruguay: Ed. Siglo XXI de España editores.